Milicianos madrileņos recorren las calles de la ciudad en noviembre de 1936

Me enrolé en el 36. Nos dieron unas cazadoras y unos pantalones y unas gorras de pana y una navaja. Las suelas eran de cartón, estaban rotas; todo lo que no valía al Ejercito. Fue un domingo 6 de febrero con las tropas de ellos entre Pinto y Valdemoro y nosotros en los altos de San Martín de la Vega. Relevamos a la sexta brigada y ya unos dispositivos de la guardia de asalto tenían carros blindados caseros que venían de fuera.
Estábamos en los altos que hay detrás de San Martín de la Vega. Yo puse la fecha en la torre de la iglesia que era de plomo. Bajando lo que es el Ayuntamiento había allí un corral grande, con paja y allí estábamos nosotros para salir hacia la Poveda. En la salida de San Martín, se puso intendencia y todo lo relativo a la operación, porque se estaba haciendo la sexta brigada y nosotros éramos la 23 brigada de Cartagena. Primeramente era el batallón Calderón que tenía en la gorra una estrella de cinco puntas, de los soviéticos, pero claro en noviembre hicieron pintar el signo marxista de la unidad porque nosotros éramos milicias populares no de carácter político. El día 6 estábamos en una posición allí enfrente de Valdemoro y Pinto en medio del llano, y veíamos como colocaban las piezas de artillería a un kilómetro y medio. Nosotros no llevábamos artillería, sólo fusiles. Eran unas piezas negras que tenía la recuperación de cartuchos, no era material bueno. Estaban sacando las piezas de artillería, los camiones de munición... La táctica de ellos era avanzar y coger una posición fuerte, bastante fuerte. Al día siguiente al amanecer a las siete empezó la artillería pum, pum ... Nos retiramos en aquel día y llegamos a Morata, ya vinieron fuerzas durante el día, aún no habían llegado las Brigadas Internacionales. Llegamos a Vaciamadrid a un caserío pequeño. Yo que no había perdido ninguna bota llevaba cada una en el macuto íbamos andando. Eran unas buenas botas, unas botas checas con clavos de madera, estaban hechas para los sitios húmedos para las praderas, - los clavos de madera, tiene que ser de caña india o bambú, tiene que ser una madera muy resistente- pero perdí una. Bueno, pues en ese pueblo me llevan a un barranco, a todo esto ya habían venido más fuerzas. En el pueblo echamos a andar por la carretera, me metieron en un barranco y las fuerzas por allí, y en ese barranco me acuerdo había aljibes pero de camiones, eran como depósitos.
A todo esto, en ese tiempo nos daban un taco de manteca, mantequilla y un chusco, ni comida caliente ni nada, y ya empieza a venir la aviación, oímos los motores. Aquella noche estábamos esperando. Y aquella noche, pum venga morterazos, los que tiraban, porque ellos, ellos imaginaban, claro, una cosa lógica, que allí en aquella vaguada allí teníamos que estar fuerzas, fuerzas de refresco para mañana al amanecer van a subir, y pum, pum, pum, Estábamos esperando arriba a una compañía y venga heridos para abajo, y venga los camilleros y venga los mulos trayendo munición, aquello me impresionó... Vi que bajaba un tío corriendo por la ladera y no corrió mucho a 60 mts se cayó. Y venga camilleros, más camilleros, y no se lo que pasa, venga arriba y para abajo y los pusieron en un olivar al lado del camino, en la desembocadura de la vaguada aquella y venga ambulancias. Había un furgón grande allí, 10 o 12 amontonados.
Nosotros allí esperando a los Internacionales que vinieran. Cuando pasaron unos días, nos subimos a unos camiones y a Ocaña. Claro, si habíamos quedado cuatro. En cada compañía había 12. Habían quedado 60 o 50, nada más. Nosotros recibimos todo hasta que vinieron los internacionales y empezaron a venir tropas. Ellos querían coger Morata, Chinchón y la Vega del Tajuña, la operación la llevaron bien. Había uno Comandante León que había estado en siete guerras, había estado en el Chaco, en la India, en siete guerras y ahora estaba aquí Pues me llevan a Ocaña para reponernos allí, y vinieron las quintas, y de allí nos llevaron a un Convento de los Jerónimos . En la biblioteca me daba mucha lástima, la estantería estaba todo tirado, a mi me daba una lástima porque la biblioteca estaba por secciones, la italiana, alemana. Yo cogí un librito de Zola y en otra que había manuscritos y legajos y cogí un libro de 1570 de los Jerónimos, y a alguno le habían puesto como una coronita y a otros una cruz. Nos llevaron a Casasola del Monte a un coto de caza del marqués de Romanones que estaba alambrado, allí los conejos se cogían fácil. En el Soto comimos bien la base estaba allí. En Ocaña nos cargan de munición con lo finito que era, y la bayoneta como la revolución francesa, también había una alambrada de cerco, no militar, se enganchaba todo, nos calentamos allí, junto a una tapia que había como un cobertizo, con las ametralladoras y los morteros. Había un corral como en las tiendas que allí había amontonado gente (fallecidos) y menos mal que hacía frío sino aquello se corrompe. Donde nos pusimos nosotros habían estado antes ellos, había bombas, muchos de los milicianos iban donde buenamente podían. Una vez uno trajo un trozo de jamón, era un gran hallazgo, pero el jamón estaba ahí, rancio, pero nada, no fue obstáculo, nos lo comimos, en esos días, y con dieciocho años ... Yo fui buscando mi compañía , estuvimos tres días en el Pingarrón. Hubo coletazos. En abril o mayo las operaciones se paralizaron. Las mejores trincheras , algunas cubiertas, las hacían los mineros de profesión, pasabas por ellas y no te ven, y algunas chabolas hechas bajo tierra. Tenías que subir hacia arriba para disparar. La aspillera era como un ataúd, se hacían con maderas. Los blocaos eran como nidos de ametralladora, eran muy grandes. Eran un hexágono de dos caras, como de yeso y madera. La comida la llevaban siempre por la trinchera de evacuación, era mas ancha con el fin de una camilla pudiera salir. En una ocasión en una trinchera cayó un obús y vi que mi compañero de al lado era un amasijo de tripas, pulmones, echando sangre y la porquería y todo. Estuve dos semanas que creía que lo tenía yo. Había agua en un pozo, bajé la camisa con un cubo y la dejé a remojo, al día siguiente fui a por ella. Con los fallecidos, se llevaban a algún cementerio, cuando estaba cerca, y si no se hacía una zanja. Íbamos a por la comida la traían en unos carros grandes con unas tapas como las ollas a presión y se acercaban al más próximo y se iban allí y todos los de la sección llevaban un barrilito, una cesta y echaban las raciones para quince o veinte y unas cestas alargadas que había y unos vasos, una ración de vino. Allí todo el mundo quería ir y allí se juntaba quince o veinte con todos los cachivaches esperando al mulo con la comida. Había unos montones de tierra eran muertos, de algunos salían miembros, y era el mismo asiento donde se descansaba. Ahí había tertulia y se preguntaba por la gente porque todos tiraban a su tierra. Después fui destinado al Estado Mayor, en el tercer cuerpo del ejército en Arranques Al finalizar la guerra estuve en Toledo, en un campo de concentración.
Cortesía "Archivo Municipal de Arganda".